Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Crisis.


            Ella se acomodó los zapatos despacio, mientras pensaba que un fetichista de pies jamás la vería con buenos ojos, ¿le importaba?. Jugó con su lengua sobre el borde de sus dientes y deseó tener algo de piel nueva desarreglando la parte vacía de su cama. 

            Trató de reconocer desde cuando había olvidado los tabúes y se había dado de lleno a cualquier cosa que en ese momento le importara, pero tampoco supo si había tenido en cuenta el tiempo como un nuevo punto de partida en esta vida. Se ratoneó pensando en la camisa semidesprendida del obrero que se cruzó dos cuadras antes de su casa, macizo, indiferente y con el perfume rancio del cuerpo masculino sudoroso. Sintió deseo y sonrió, adoraba el cosquilleo prohibido en sus partes íntimas mientras la piel se le erizaba. 

            ¿Alguna vez me saqué la careta para hablar de mi misma sin ningún tapujo?. A mi misma tal vez, pero no de forma tan abierta con la piel expuesta a las críticas tan conscientemente. 

            Tomó papel y lápiz y comenzó a escribir, tratando de identificar las alas caídas de su propio ángel.


Demonio 

            Los demonios la gran mayoría de las veces permanecen dormidos en la penumbra de nuestros pensamientos más oscuros. Y cuando despiertan les decimos “monstruos” como si no estuviéramos felices de liberar esa parte sombría de nuestro yo oculto. 

            Esta noche no pienso esconderme detrás de mis demonios, esta noche pretendo que ellos me gobiernen y ultrajen esos espacios de inocencia que todavía la estúpida lleva consigo cuando me echo a dormir. ¿Qué paradójico no? Qué forma absurda de pensar sabiendo que somos dos mitades incompletas la una sin la otra. 

            Me calcé las medias de red mientras pensaba, y busqué la minifalda de cuero que apenas cubría los bordes de las nalgas. Hoy me sentía fatídicamente exhibicionista y poco me importaba que las manos de unos cuantos ebrios me estrujasen a mansalva. Recogí mi cabello en una coleta alta, necesitaba mi cuello desnudo, el escote pronunciado con el cierre relámpago tentando al que quisiera deslizarlo de un plumazo; me calcé los tacos de aguja, y seduje al mismo taxista escandalosamente cuando le pagué el viaje con un poco menos del dinero y un lengüetazo morboso en la oreja desnuda y temblorosa. 

“Un antro”… “mi” antro… me dije satisfecha ante las puertas negras que se abrían de par en par ante las mujeres de mi calaña. 

·        Pasa...gatito bonito.

·        Perra, corregí mientras tomaba yo misma el cierre de mi diminuta chaqueta y la bajaba hasta casi debajo de los pechos, dándole más luz y libertad, satisfecha por la mirada lasciva del guardia que volvía a cerrar la puerta detrás de mí.

·        Humo, alcohol, perfume barato, mezcla rancia de demonio marchito, marchito en mi.

·        ¿Te invito algo? (ni lo mire a la cara, era suficiente que fuera hombre y mis feromonas lo sintieran como tal)

·        ¡No!, llévame donde la gente nos vea, y demuéstrame que eres hombre. 

Función parroquial, gritos, morbo, gemidos, sexo y manos libidinosas y silbidos. Ningún orgasmo, ningún “algo” que me libere. Ningún rebrote de conciencia en mí después de levantar mis ropas y marcharme. Nada.

Ángel

            La mañana nublada que me encuentra agazapada en el sofá llena de hematomas, dolorida, hecha un ovillo escandaloso y oliendo a piltrafa humana. Me levanto apenas y descubro la ropa que maldigo en el espejo y la sonrisa torcida de ella que me mira por dentro, que ríe a carcajadas en mi mente como si pudiera herirme más demostrándome que existe. 

            Miro a los niños dormir, y la tarjetita del mayor estrujadita en sus manos: “mami… te quiero, me asustas cuando te pones mala”. Y el llanto, el quiebre emocional que me libera la angustia de saber que puedo perderlo todo por ella, por la ironía de tenerla conviviendo conmigo, adherida a mi piel como un injerto, como un parásito que oigo en mis oídos delirando: 

·        ¡Vete!, no ves el daño que le haces… a ellos

·        ¡Cállate idiota, déjame en paz y libérame entonces! En vez de tratar de esconderme en tu mente

·        ¡No existes!

·        ¿Quieres más pruebas? ¿Quieres más de lo de anoche?

·        ¡No seas irónica, vete, mi vida es esta!

·        ¡Tu vida nenita, es esa cosa que pretendes mostrar a los demás y me rebela!

·        ¡Eres denigrante!

·        ¡Eres insulsa!

·        ¡Vivo feliz!

·        ¡Eso te lo inventas para ponerte una máscara de risita ingenua!

·        ¡Basta!, ya no quiero saber nada de ti.

·        ¡Me importa poco, existo!

·        ¡Vete! ¡Vete de mi! 

            Los niños se levantan aturdidos porque ella discute a voces con el espejo de la habitación, gritando como si quisiera arrojar su propia voz fuera de si, aporreando su cabeza contra las paredes blancas de la casa hasta que el peso de los golpes vuelve a sumirla en un desmayo. El rictus de sus labios se curva: “He ganado idiota, el parásito vive” reverbera su mente ambigua. 
 
Caliope



 

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