Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Un día, del pasado verano

 

            En la playa, frente a la mar, en un silencio solamente roto por las olas rompiendo y lamiendo la arena en un clímax final, hasta llegar a enjugar mis pies, disfrutando el momento me encuentro. Es un día nublado, en una playa ausente de gente. No hay chicas bonitas de pechos desafiando a la gravedad. Es un día sólo para volar cometas: hay bandera roja. No obstante, también es un día perfecto para pasear de la mano, con Lisa. 

            Antes he ido a ver a Adriana: la chica que hace unos masajes relajantes y control de energías que te dejan preparado para afrontar otro día de sobresaltos de tijeras descontroladas. Era su primer cliente. El anuncio lo había puesto el día anterior a la entrada de la tienda de prensa y revistas, al lado del expositor de libros. Se esmeró tanto, que esa noche pude pasarla escribiendo, alumbrando ideas sin parar hasta el mediodía siguiente. 

            Comí lo que encontré a mano y me quedé dormido repasando lo que había escrito. Cuando desperté era media tarde. Sin pensarlo, me fui nuevamente a la playa para reencontrarme de nuevo con Lisa. No estaba.  

            Me puse al lado de una chica morena de pelo, blanca de piel. Le pregunté si podía dejar ahí mis cosas, mientras me daba un chapuzón. 
 

  • Por supuesto, -dijo con una sonrisa, de esas que invitan con complacencia. 

            Cuando volví para secarme con mi toalla, ella no  estaba, pero sí sus pertenencias. Alcé la vista y la vi frente a mí saliendo del agua dando saltitos hasta alcanzar la arena seca. Se volvió, dándome la espalda, momento que me impulsó a acercarme con su toalla para cubrir su cuerpo. Aquello fue el comienzo de una larga conversación, con algunos interrogantes sobre nosotros. 

  • ¿A qué te dedicas?, -preguntó ella.
  • Soy escritor, pero antes, dime, ¿cómo te llamas?
  • Me llamo Eva, ¿y tú?
  • Yo me  llamo Adán.
  • ¡Vaya! ¿Es un chiste o una casualidad?
  • Es broma. Me llamo Luís. Disculpa la tontería. 

            Seguí haciendo el típico comentario sobre su nombre, con la intención de alargarla y, aunque la miré a los ojos, no pude evitar echar un vistazo con intención de disimulo a los pechos desnudos, aún mojados, desafiantes por la brisa ayudada con un ligero viento.
 

  • ¿Qué, te..?, -inició la pregunta, dejándola en suspenso para evitar molestarme, pero con la intención de cabeza, mirando sus senos, me hizo entender que se iba a referir a que mi furtivo mirar había sido descubierto, sonriendo a continuación, dándome una señal sobre, que no la había molestado.
  • He traído fruta, ¿te apetece?, -le dije, señalando mi bolsa.
  • Sí. Buena idea y buena hora, pero antes me voy a dar crema. No me quiero quemar, estoy muy pálida.
  • Me dejas que te ayude, -me atreví decir.
  • Por la espalda sólo,  -dijo riéndose, haciéndome reír a mí también.
  • Descuida, soy un santo.
  • ¡Ya! Se te nota… Já, já, já, -fue la reacción de ella, contagiándome con esa risa tan tonta,  nerviosa, que se hace interminable. 

            Comencé a darle la crema. Primero con delicadeza. Luego ella me dio a mí… Pasando, con la broma, a echarnos pegotes, tirándonosla y jugando con el bálsamo sobre nuestros cuerpos, como dos adolescentes. 

            Aquello se prolongó  tomando con una pizza en el restaurante cercano para, luego, reencontrarnos más tarde. Nos fuimos a un disco-pub, en un lugar de la movida de la zona.           

            Por la mañana, cuando me desperté, estaba en la cama de mi apartamento, percibiendo una agradable fragancia impregnada en mis sábanas, y el otro lado de la almohada. 

            La busqué en el baño, la cocina, el salón y en la otra habitación. No estaba. 

            Me puse el bañador y una camiseta, y volví a la playa.  

            Había poca gente. La busqué, primero alargando la vista y luego recorriendo todo ese trozo de costa. Al no dar con ella, la llamé al móvil. 

  • ‘Este teléfono está apagado o fuere de cobertura’, -informaba una voz femenina. 

Repetí varias veces la llamada, con el  mismo resultado. 

            Me sentí sólo, abatido, triste, apesadumbrado. Me tiré en la arena y allí permanecí boca abajo, hasta que empecé a notar algo frío cayendo sobre mi espalda: Lisa me estaba dando crema protectora. 

  • Te vas a quemar, mi amor, -dijo.
  • No importa. Ya estoy quemado por idiota. ¡No me dejes nunca, Lisa!, -le dije suplicante.
  • ¡Qué tonto eres!, -me dijo ella, acariciando mi rostro.
  • ¿Dónde te has metido este tiempo?, -preguntó sin más intención de saber.
  • Quise pescar y me clavé el anzuelo. No me preguntes dónde, cómo, ni porqué, -contesté, guardando silencio los dos, sentados, con la mirada perdida en la mar.

 

Juan Martín-Mora Haba
Octubre de 2012

3 comentarios:

  1. Bonito relato, tocayo, aunque no sé por qué a mí me encantan finales más amargos como el de tu anterior relato. Aun así, muy bueno.

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  2. Fue un final con un giro sorpresivo. Por lo menos pudo seguir en contacto con ella. (y)

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  3. Amigo Jua: Me ha gustado tu relato dialogado, además por los entornos que describes y con la soltura en la forma del diálogo, el relato te va llevando como si de la mano fuera y sin darte casi ni cuenta llegas al final, quedándote con un buen regusto de boca, además como es extenso, te da tiempo a ir saboreando desde el paisaje hasta el resto de lo que en él flota (que es mucho, literariamente)...
    Un amistoso abrazo,Manuel.

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