Una revista de literatura, donde el amor por las letras sean capaces de abrir todas las fronteras. Exclusiva para mayores de edad.

martes, 21 de mayo de 2013

Terapia de Machos. Episodio 3: “Robertino: ¿Tus Sueños Donde Han Ido?”


-Bueno, empiezo yo.

Guillermo se sorprendió gratamente al ver que Robertino fuera quien se animó a romper el hielo .Junto con Alejandro, eran los dos pacientes más parcos e introvertidos del grupo. Hubiera sido más esperable que Fausto o Damián-o inclusive Darío- fuesen los que empezaran, siendo los más extrovertidos.  Pero no. Tomando la posta, Robertino levantó su objeto para mostrárselo a todos. Era un “Atrapasueños” de esos que se habían puesto de moda con el frenesí del chamanismo y las medicinas alternativas. Robertino los conocía muy bien ya que su madre-fanática de esas cosas- tenía varios en su casa. El cuerpo principal del objeto estaba constituido por un gran aro bordado en hilo de un violeta azulado (o azul “avioletado”, dudó Robertino) el cual poseía en su parte interior un entramado entretejido parecido a la tela de una araña. De él, colgaba una especie de rosario hindú del cual a su vez, pendían varias plumas de diversos colores. Siguiendo con la consigna de la dinámica planteada por Guillermo al principio de la sesión-presentarse como si fueran el objeto- y con el laconismo habitual que lo caracterizaba, Robertino se presentó.

 “Soy un Atrapasueños. Soy intrincado y vistoso, vivo colgado(1). Sirvo para atrapar los sueños malos de la gente, las pesadillas…

….como esas pesadillas que sigo teniendo de la noche del accidente” terminó la frase para sí mismo.

“Muerdo el anzuelo y vuelvo a empezar de nuevo…cada vez…” La voz de Andrés Calamaro(2) repicaba a todo volumen por los parlantes, haciendo que la pista de baile se volviera a llenar de bailarines luego del corte para el postre (helado de vainilla y jengibre con crust(3) de praliné y salsa de frutos de los bosques patagónicos). Robertino no quería dejar su postre-pese a ser muy delgado, era muy goloso- pero Ayelén lo llevó de un brazo.

“Vamos, Robbie”-le dijo, mientras lo arrastraba hacia la pista. A Robertino no le gustaba que ella lo llamara Robbie. Pero aún menos le gustaba bailar, se consideraba totalmente espástico y descoordinado. Su máxima expresión coreográfica se limitaba a hacer pogo en algún recital .Pero Ayelén, su novia desde hacía ya dos años y medio, no era de esas personas que aceptaran un no por repuesta. La intensidad, extroversión y pragmatismo de Ayelén contrastaban con el laconismo, introversión y mente imaginativa de Robertino. Se habían conocido por Internet a través de un foro de fans de Harry Potter, en donde ella se llamaba “Bellatrix64” y él “RemusLupinArg(4)". Y aunque ella era un poco Bellatrix y él bastante Lupin, congeniaron. Luego a alguien se le había ocurrido la idea de organizar un encuentro de foristas, después vinieron un par de citas y prácticamente, Robertino, sin darse cuenta, se encontraba en el medio de una relación con una chica que lo fascinaba, lo calentaba y lo abrumaba a la vez.  Pero también era cierto que Robertino solía sentirse abrumado por la gente muy a menudo-especialmente por su madre- y si bien tenía varios amigos y se lo podría denominar un chico medianamente sociable, su sociabilidad se limitaba al rol de acompañar a los demás. No era de mucho hablar, salvo cuando se tocaban los dos o tres temas que le apasionaban y ahí sí, se volvía verborragico y podía estar horas y horas hablando. No era tímido-de hecho las convenciones sociales se las pasaba por el orto- pero sí era introvertido, como si su mente siempre estuviese a años luz del momento y las personas presentes.

Tanto Robertino como Ayelén tenían por ese entonces 20 años. El estudiaba Diseño Gráfico y su sueño era llegar a trabajar algún día para Pixar, la productora animada, además tocaba la batería, hacia Capoeira(5) y era fanático de los comics de Spider Man; ella era bailarina, estudiaba Comunicación Social y su sueño era entrar en el “Bailando”(6), y por eso hacía tiempo que estudiaba pole-dance o “baile del caño”, uno de los ritmos más difíciles requeridos en el programa.

Esa noche, la noche fatídica, estaban en la fiesta de casamiento de una pareja amiga. La novia se había casado de 7 meses y medio, entrando muy orgullosa con su bombo(7) por la nave de la iglesia. El tío del novio les había regalado la fiesta en su estancia cerca de Baradero, en la provincia de Buenos Aires. Robertino y Ayelén habían ido con Nicolás, uno de los hermanos de Robertino y Pancho, su mejor amigo. Daniela y Sebita –la mejor amiga de Ayelén y el primo de Robertino y Nicolás, que eran novios-habían ido en el auto de la hermana de él, pero a duras penas habían logrado llegar a la estancia, antes de que el auto se descompusiera primero en Garín y después en Zarate, para morir al llegar a duras penas a la estancia y no quisiera volver a arrancar, por lo que la parejita se había quedado sin vehículo de vuelta. Los seis compartían la mesa número 10, ubicada inmediatamente al lado de la pista, que hervía de gente. Cuando el DJ cambió la música y puso el tema de “Nueve Semanas Y Media”-con el objeto de que la novia entregara las ligas a las invitadas solteras- Daniela y Ayelén acapararon la escena (siempre lo hacían) y subiéndose a la tarima, y resultado del champagne libre que corría a borbotones en el evento, comenzaron a hacer una coreografía sensual-digna de strippers profesionales-a la cual se unió la novia, panza y todo. Todo el mundo las aplaudió. Robertino sintió a la vez vergüenza y admiración por su novia. Y calentura, porque si había algo de lo que Ayelén era capaz, era de calentarlo.

-Son un fuego-dijo Pancho sonriendo, mientras se contoneaba al compás de la música, como si quisiera en realidad estar formando parte de esa coreo. Pancho, el bueno de Pancho, era el mejor amigo de Robertino desde que tenían seis años. Grandote y morrudo, aunque un poco bajo y medio coloradón, siempre con una sonrisa en la cara, que era su marca registrada. Jugaba al Rugby y siempre salía con la chica equivocada, aunque Robertino sospechaba que había algo más allí, algún secreto que Pancho no quería contar.

-Me parece que se la come-pensaba Robertino a menudo acerca de su mejor amigo y se encogía de hombros ya que poco le importaba si a Pancho le gustaban las chicas, los chicos o los perros. En eso, Robertino tenía una visión amplia sobre la vida. Mientras no lo molestaran ni lo invadieran, él no juzgaba a nadie, ya que muy poco le importaba el resto del mundo, más allá de sus pocos afectos. ”Soy escaso de sentimientos” solía decir un poco en broma, un poco en serio.

-Panchito, acompáñame al baño a fumarme un caño.(8)
 
Mientras Nicolás-quien se había quedado solo en la mesa- era acosado por dos primas solteras (y feas) de la novia, Robertino y Pancho se fueron al baño a fumar un porro(9). Media hora más tarde, salieron con las corbatas en la cabeza, las camisas afuera y meneándose al compás de la música, con esa impunidad que dan la adolescencia y la marihuana.

Nicolás, visiblemente malhumorado, un poco por el acoso de las chicas solteras y feas, otro poco porque no le gustaba que su hermano se drogara (sí, él le llamaba “drogarse” a fumar porro siempre pensaba Robertino) y otro poco porque él era el conductor designado y no había podido tomar una gota de alcohol, solo un sorbito de champagne a la hora del brindis, les pinchó el globo.

-Vamos, chicos, es hora de irnos-les dijo, siempre responsable. Los hermanos Scaglione eran cinco, todos varones. Nicolás era el segundo y Robertino era el cuarto, pero pese a los cinco años de diferencia que se llevaban siempre habían sido compinches. Nicolás siempre había sido el “hijo perfecto”, el responsable, el estudioso, el deportista y se estaba por recibir de Abogado mientras que Robertino era el colgado, el friki, el que prefería navegar horas y horas por internet a estudiar y fumar porros (y alguna que otra pastillita colorida) en vez de hacer algún deporte, aunque él solía argumentar que Internet era SU deporte.

-Pará. Pará-lo cortó Daniela que venía de terminar su baile erótico. Daniela era rubia, alta, una diosa vikinga, producto de sus genes escandinavos que provenían por parte materna.

Saquémonos una foto, los seis juntos. Rober, sacá la cámara y pedile a alguien que nos saque.

Robertino no era muy fanático de salir en las fotos pero sí de sacarlas, por eso siempre andaba con su Canon a cuestas. Sacó su cámara digital y le pidió a alguien de una mesa vecina que les tomara una foto. Los seis jóvenes posaron y la foto salió como una de esas películas de Hollywood, donde se ven adolescentes sanos y felices pero que uno sabe que no son ni tan sanos ni tan felices y que al final, la película no termina del todo bien. Alineados de izquierda a derecha estaban Robertino, haciendo un gesto que solía hacer con el brazo, levantándolo como arengando a alguien, Ayelén, con sus brazos apoyados en el hombro de su novio y posando como si fuera una producción para la tapa de alguna revista de chimentos(10); Daniela, mostrando el anillo que se había sacado en la torta; a su lado, el primo Sebita haciéndole “cuernitos” y Nico al final, a la derecha, que no necesitaba posar porque ya su sola presencia llamaba la atención; Pancho se había arrodillado en el piso, a los pies de todos, con los brazos estirados para adelante, como en esas poses que solían hacer los cantantes de rock’n’ roll de los años 50 cuando terminaban sus shows.

-Bueno, vamos-los arengó Nicolás poniéndose el saco, una vez que se sacaron la foto.

-Aguafiestas-le gritó Ayelén. Le encantaba hacer enojar a su cuñado.

Los seis se subieron en el auto de Nicolás, un viejo Ford Falcon modelo 85 al que llamaban “La Panga” haciendo una semejanza a ese tipo de  embarcación precaria, chata y cuadrada que se solía usar para cruzar personas en los ríos y en donde usualmente iban todos apretados. Y al igual que en una panga, se apretujaron como pudieron: Nicolás iba manejando, en el asiento del acompañante Ayelén y Daniela, una encima de la otra y atrás Robertino, Sebita y Pancho, que como era rugbier, era grandote y ocupaba mucho espacio.

-Poné la radio, Nico-le dijo Ayelén-No soporto este silencio madrugador. Ni siquiera se escucha el mugido de las vacas.

Mientras Nicolás trataba de sintonizar el dial, Robertino armó un porro con lo que le quedaba de faso y todos, menos Nico, empezaron a fumar. Los chicos se movían y cantaban al compás de la música, agitando los brazos y meneándose, como si la fiesta les hubiera quedado chica y la quisieran continuar en el auto. Nicolás trataba de mantenerse ajeno al resto, para no perder el control del auto, pero el humo del porro casi no lo dejaba ver, el olor le penetraba por las fosas nasales y la algarabía de los demás no le permitía concentrarse en la ruta. Llegó un momento en que el Falcon 85 parecía estar repleto de una niebla digna de una escena londinense.

Rufino Balenciaga era camionero hacia treinta y dos años, camionero como había sido su padre, camionero como había sido su abuelo. En ese viaje venía de vuelta desde Brasil, precisamente desde rio Grande do Sul, adonde había llevado un cargamento de soja del campo de los Irrazabal, sus mejores clientes. Hacía veinte horas que Rufino venía manejando, desde Paso de Los Libres pero con unos buenos mates amargos se la solía bancar(11) bien. Sin embargo esa noche, Rufino Balenciaga, quien usualmente no era devoto de pensar ni analizar mucho, tenía la mente en otro lado. No sabía cómo le iba a decir a “la Doña”-así llamaba a su mujer- que la iba a dejar por una mulata brasilera, que ni siquiera era mulata sino mulato, cosa que Rufino había descubierto demasiado tarde, cuando ya se había enamorado perdidamente de ella. Tanto viaje a Brasil, tanta soledad del camionero y ahí había aparecido Xiomara-así se llamaba la “mulata”- en un parador de la ruta brasilera 377, para calmarle la soledad. No le importaba que la Doña le hubiera dado cinco hijos ni que hubiera estado siempre firme su lado, esperándolo con un mate y con su compañía, pero Xiomara le presentaba una nueva vida. Si la Doña, lo esperaba con un mate, Xiomara lo esperaba con las piernas abiertas y le devolvía esa juventud que él sentía haber perdido. Como buen camionero, Rufino Balenciaga había estado con muchas mujeres en su vida, más de las que podía contar, pero jamás ninguna lo había hechizado tanto como Xiomara, que se jactaba que descendía de una línea de chamanes de una tribu del Mato Grosso y que todos los carnavales era “destaque(12)" de una Escola do Samba de su pueblo. Justamente, la noche anterior, antes de despedirse, Xiomara le había grabado un video erótico en su celular, para que la tuviera siempre presente en el camino, como quien le da una Virgencita a un camionero para que lo proteja en la ruta.

Después de tantas horas sin ella, Rufino Balenciaga sintió ganas de ver el video. Mientras manejaba con una mano-a esa hora no andaba nadie por la ruta, menos en invierno- acomodó  su celular en la guantera de forma que pudiera ver la pantalla y dio play al video, en donde aparecía Xiomara bailando en filo dental al ritmo del Samba, con sus enormes tetas turgentes y su culo prieto meneándose como maracas. Estaba tan concentrado, tan apasionado y tan cachondo con el video que llevar una mano a sus genitales y abrirse la bragueta fue un acto reflejo. Cuando vio venir el auto que tenía enfrente, ya era demasiado tarde.

Eran exactamente las 5:23 de la mañana cuando el camión de Rufino Balenciaga embistió el Ford Falcon modelo 85 de Nicolás Scaglione. En la mente de Robertino, todo sucedió como en cámara lenta: el auto dando vueltas, los gritos histéricos de las chicas, el olor a marihuana y la voz de la locutora de la radio que no dejaba de hablar (Robertino no pudo distinguir si era Daisy May Queen o Julieta Pink(13)). Tirado en el piso, lejos del auto sin saber cómo, la última imagen que tuvo fue la del sol saliendo arriba de su cara como un gran girasol de Van Gogh que cobraba vida.

Ocho días más tarde, Robertino se despertó en la unidad de terapia intensiva del Hospital. Había estado en coma.  “Nico…Aye…” fue lo primero que dijo, tratando de preguntar por su hermano y por su novia. Su madre rompió en lágrimas; su padre, bajó la cabeza. Solo su cuñada –la única que tenia-casada con su hermano mayor, fue la que se atrevió a hablar.

-Rober, vas a tener que ser fuerte. Nico…Ayelén…los otros chicos…todos

No hubo falta que su cuñada dijese más. Robertino sintió una punzada por dentro, pero no pudo llorar. Simplemente hizo un gesto: ¿Y por qué yo…? ¿Cómo me salvé?

-Fuiste expulsado del auto, los demás se quedaron atrapados dentro. Los médicos dicen que fue un milagro. Solo te rompiste algunos huesos, vas a andar con muletas algún tiempo pero después vas a estar bien.

-Yo los maté…Yo los maté…-no paraba de decir, con sus ojos verdes vidriosos pero sin derramar una lágrima, aunque nadie entendía nada y se lo atribuían al efecto de la morfina.

Robertino salió del hospital una semana después, en silla de ruedas. La recuperación física fue rápida, gracias a la ayuda de una kinesióloga amiga de su cuñada; la psicológica, no tan rápida, ya que pesadillas acosadoras lo torturaban por las noches, haciéndole revivir una y otra vez el momento del accidente y la culpa. Después de todo, había sido él el que había armado el cigarrillo de marihuana que había llenado de humo el auto, impidiéndole a su hermano una visión clara del camino. Un psiquiatra le diagnosticó Trastorno por Estrés Post-Traumático y lo medicó con un cóctel de reboxetina, clonazepam y benzodiacepina.

El día de su cumpleaños número 21, seis meses después del accidente, Robertino estaba en su cama escuchando música, con la mirada perdida en el ventilador de techo. Sabía que su madre le estaba preparando una fiesta sorpresa, pero él no quería saber nada. Pero como siempre, luego de un par de negativas, se había encogido de hombros y se había recluido en el único lugar sobre el planeta en el que se sentía refugiado de la invasividad del mundo: su cuarto.  De repente, tuvo el impulso de tomar su cámara de fotos (la cual milagrosamente había quedado intacta luego del accidente) y la conectó en su computadora, para bajar las fotos de la noche del casamiento, el día fatal, el día en que Rufino Balenciaga quien iba a dejar a su esposa por una travesti mulata, los había embestido con su camión de acoplado.

Mientras las bajaba, pensaba en lo morboso del impulso, pero no podía parar. Fue pasando las fotos una a una hasta llegar a la foto grupal que se habían sacado los seis antes de irse. Nunca supo por qué había tenido el impulso de poner en su mp4 el último tema que habían bailado en aquella fiesta. “Muerdo el anzuelo y vuelvo a empezar de nuevo…cada vez…” volvía a repetir la voz de Calamaro, esta vez saliendo por los parlantes de la computadora. Empezar de nuevo. Cada vez. Robertino no sabía si él tenía ganas de empezar de nuevo, cada vez. Abrió el segundo cajón de su escritorio y sacó una caja de lápices italianos que su Nonna(14) le había traído de un viaje a Italia cuando era chico, de esas que tenían tres “pisos” de lápices. Buscó debajo de los lápices y sacó un bisturí que se había robado del hospital cuando estaba internado.  Todavía con el pantalón del pijama puesto y en musculosa, fue hasta el baño, se miró al espejo y sintiendo un profundo vacío interior y las voces en su cabeza que lo llamaban, apretó fuerte la filosa navaja del bisturí sobre las venas de sus muñecas.

“Soy un Atrapasueños. Soy intrincado y vistoso, vivo colgado. Sirvo para atrapar los sueños malos de la gente, las pesadillas…

-Muy bien-asintió Guillermo, pensando en lo poco acertado que había sido poner un Atrapasueños en la bolsa. Menos mal que Robertino sabía lo que era-¿Algo más?

-No, no se me ocurre más-le contestó Robertino-Es un objeto poco común. Lo más importante es que atrapa las pesadillas…

-En primera persona-lo corrigió Guillermo

-Sí, perdón, “atrapo las pesadillas”.

“Pesadillas. Todos tenemos pesadillas” pensó Guillermo. Pesadillas grandes, pesadillas chicas, fantasmas que nos atormentan. Pero para cada ser humano son distintas. Cada uno tiene sus propias, únicas y originales pesadillas, con su nombre impreso en letras de molde. Después de todo, como solía decir Frida Kahlo: “Yo nunca pinto sueños o pesadillas; tan solo pinto mi propia realidad”
Continuará…



(1)   Juego de Palabras: en Argentina “estar colgado” significa “estar en las nubes”, ser despistado.
 
(2)   Músico, compositor, intérprete y productor argentino también famoso en España por su grupo “Los Rodríguez”.
 
(3)   Gastr: Especie de corteza que se le pone a las tortas o los helados.
 
(4)   Bellatrix Lestrange /Remus Lupin: personajes de la saga de « Harry Potter », escrita por JK Rowling.
 
(5)   Arte marcial de Brasil.
 
(6)   “Bailando Por Un Sueño”: Versión argentina del Reality Show “Dancing With The Stars”
 
(7)   Arg.: Panza de embarazada.
 
(8)   Arg: Cigarrillo de Marihuana.
 
(9)   Idem.
 
(10) Revistas que hablan de la vida privada de la farándula.
 
(11) “Bancar”: arg. Soportar, aguantar.
 
(12) Bailarin o bailarina principal de las Escolas Do Samba en los Carnavales brasileros.
 
(13) Locutoras de radio argentinas, muy populares entre la gente joven.
 
(14) En italiano “Abuela”

11 comentarios:

  1. Al empezar el relato inmediatamente se siente la continuidad en las ideas, predominando la descripciòn de personajes con la versatilidad de sus vidas y experiencias significativas, hasta da la impresiòn, que tu eres el psicòlogo que atiende y visualiza las diferentes anomalìas. Felicitaciones y gracias por compartirlo.

    Trina Leè de Hidalgo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias, Trina. Será que yo soy muy visual y por eso me estiro un poco en la descripción de los personajes.Y si, yo también soy un poco el Psicólogo!

      Eliminar
  2. estoy de acuerdo con Trina, al ser un narrador omniesciente, parece que eres tú el psicólogo y sí la descripción de los personajes es abundante y puede resultar algo pesado, pero por el tema perfecto.

    ResponderEliminar
  3. Ciertamente la manera de hacer las descripciones es muy buena, me puedo imaginar el ambiente, y los pensamientos de los personajes, bien llevado, saludos!

    ResponderEliminar
  4. NURIA, JUAN: Gracias por vuestro feedback. Estoy tratando de "intentar" el estilo POV (Point of View) en Inglés, redactar cada capitulo desde el punto de vista de un personaje. Es decir, aunque igual uno habla en tercera persona, pero el "modo", el lenguaje, es como si el que hablara fuera el personaje. La saga de A SONG OF ICE & FIRE está escrita así. Obviamente tengo que super mejorarlo y pulirlo, pero vamos a ver como sale.

    ResponderEliminar
  5. He aprendido cosas nuevas con tu relato. Y, me gusta mucho...
    Abrazos
    Manuel Barranco Roda

    ResponderEliminar
  6. Pues técnicamente, un relato que pone en contraposición el hedonismo de nuestra generación contra la realidad de estos acontecimientos. Gracias por compartir, Gonzalo.

    ResponderEliminar
  7. MANUEL: Qué bueno que hayas aprendido cosas que no sabias. Uno nunca termina de aprender. Por eso AMO ESCRIBIR, porque siempre aprendo algo nuevo.

    CARLOS: Gracias por tu feedback y es un placer compartir aquí.

    ResponderEliminar
  8. me gustó bastante, la forma de narrar a través de un personaje también me gustó. Las descripciones están muy bien conseguidas, Enhorabuena Gontxu, Un Abrazo

    ResponderEliminar
  9. He conocido un poco más a los personajes, poco a poco me voy haciendo con ellos. Gracias por tus aclaraciones con respecto al léxico utilizado. El estilo que estás empleando me gusta mucho.
    Me quedo a la espera de la continuación. Bechotes.

    ResponderEliminar
  10. Josè: Si, trato de usar (en realidad "practicar") el POV, aveces me sale, a veces no.

    Sylvia, que bueno que ya te vayas haciendo de los personajes. El proximo episodio serà fuerte...

    ResponderEliminar

Gracias por dejar vuestros comentarios.

Mi lista de blogs