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lunes, 21 de octubre de 2013

Terapia de machos. Episodio 6º Fausto “Pertenecer Tiene Sus Privilegios”.

 
          “Soy un sacacorchos, sirvo para destapar las botellas, sobre todo las de vino, buenos vinos, un Malbec o un Syrah. Traigo alegría a la gente porque siempre que estoy yo se reúnen amigos y pasan un buen momento. Un asado, una fiesta, un evento corporativo…
 
          Lo malo es que después que me usan me guardan en un cajón, como si no existiera. Solo se acuerdan de mí en los buenos momentos” reflexionó Fausto luego de hacer la pausa, cuando le tocó su turno de presentarse con el objeto.
 
          Fair-weathered friends. “Amigos de buen tiempo”. Fausto había escuchado esa frase por primera vez en una canción de un musical que había visto en el East Side de Londres en uno de sus viajes por trabajo, pero no tomó verdadera cuenta del significado hasta varios años después. Años después, cuando perdió su trabajo y más tarde su status de vida y sus “amigos” empezaron a desaparecer. Se acabaron los asados de los viernes en el Country, los torneos de Golf, los Concerts[i] de los nenes.
 
          Todo había empezado una mañana de Septiembre cuando Fausto había llegó a su oficina encontrándose con que la clave de ingreso a su ordenador no funcionaba. De ahí, lo llamaron de Presidencia para decirle que dadas las políticas implementadas por el Gobierno, el consumo del alimento de lujo para gatos “Cattix” que vendían había descendido abruptamente, por lo que habían decidido achicar gastos, empezando por los altos mandos y entre esos altos mandos, estaba el puesto de Fausto.
 
          Fausto Weber era un genio del Marketing. Había hecho gran parte de su carrera en una de las principales agencias de Publicidad del país, luego había pasado a la competencia, hasta que uno de los socios del Directorio de “Cattix”—una compañía de alimento “gourmet “para gatos,  y cliente de la agencia de publicidad le había ofrecido un flamante puesto como Director de Marketing de la compañía. Si bien a nivel profesional la oferta no terminaba de convencerlo —una compañía de alimento para gatos, por más “de luxe” que fuera, no sonaba muy bien en el CV—, la compensación económica era inigualable. Y a Fausto, que si bien le gustaba tener un buen curriculum, aún más le gustaba la seguridad económica—le daba una sensación de protección, paz y bienestar—aceptó sin dudar (Fausto rara vez dudaba).
 
          Fausto nunca había conocido lo que eran las privaciones. De una familia de origen Alemán, sus estrictos padres se habían esforzado por darle un buen pasar a él y a su hermana. Colegio alemán, criado en Belgrano, Rugby. Se había casado con Débora Eckmann —su novia de la secundaria a la que había reencontrado en el casamiento de una prima segunda— y habían formado la familia perfecta: tres niños, el departamento en Palermo, el auto y la frutilla del postre: la tan ansiada casa en el Barrio Privado de “Bajo Los Tilos”, a la que se habían mudado algunos años atrás. Un Paraíso que pronto se vendría abajo…junto con la pasión por la seguridad de Fausto.
 
          Fausto era bueno en todos los frentes: hijo ejemplar, estudiante brillante, adorable marido, excelente padre, entrañable amigo con el que siempre se podía contar, y sobre todo un profesional eficiente y eficaz en el trabajo. Era como si se hubiera estado entrenando toda su vida para ser un Ser Humano perfecto, inmaculado, sin fallas. Era ese tipo de personas a las que todo parecía salirles bien. Y con ese perfil, como era de esperar, siempre había soñado con tener una familia perfecta, una vida perfecta, una vida para la revista “Caras”. U “Hola”. O “Homes & Gardens”. Y si había algo de vanidad en él, Fausto se esforzaba porque no se notara.
 
          Todavía recordaba aquel último asado de viernes a la noche en su casa, con el sabor de un buen Malbec mendocino[ii] que su amigo y vecino Lucho Gamboa había traído de las tierras de las vides y los olivos. Las luces de los reflectores se reflejaban en la piscina del parque como enormes luciérnagas. El delicioso olor del asado seducía las fosas nasales, despertando las sensaciones más placenteras. El Bossa-Lounge que sonaba desde la notebook, colocada estratégicamente en una mesita rodante en el deck de la piscina, terminaba por completar el clima de “noche de Viernes”.
 
          Desde adentro se escuchaban las risas de las mujeres, que estaban preparando las ensaladas mientras se tomaban unos Martinis, preparados por “La China” Gamboa, la mujer de Lucho. Los Gamboa y los Weber eran amigos desde hacía años y prácticamente hacían todo juntos (menos el sexo, aunque no obstante las malas lenguas decían que La China Gamboa se le había insinuado varias veces a Fausto, envalentonada por unos cuantos Martinis, aunque los que conocían bien a La China Gamboa sabían que no necesitaba ningún trago para envalentonarse) .Lucho y La China habían llegado unos años antes al Country, así que ya tenían experiencia en ser “los nuevos”, lo cual había servido para allanar el camino de Fausto y Débora en las intricadas relaciones sociales que se daban en la colmena de lujo que era Bajo Los Tilos.
 
          Los cuatro matrimonios siempre se juntaban todos los viernes por la noche para comer asado, beber unos tragos, conversar y escuchar música. Para estar solos sin ser molestados por sus respectivos críos, juntaban a todos los niños (menos los Vilela que no podían tener hijos y eran asiduos a las clínicas de fertilidad) en una misma casa y contrataban siempre a la misma Baby-Sitter para que los cuidara mientras duraba el ágape.
 
          Si bien sus mujeres se vestían más "casual", los hombres, cada uno devoto a una marca de ropa, competían por ver quién era el mejor vestido. Christian Vilela —Médico Cirujano—solía ir todo vestido en Lacoste; Matías Lefevre— Abogado de una prestigiosa firma—no usaba nada que no fuera Polo, Lucho Gamboa, no tan clásico como los otros dos y más transgresor se vestía en Armani y Fausto se sentía más identificado con Tommy Hilfiger.
 
          Aquella noche de viernes, sin embargo, cambiaría el rumbo de la amistad de aquel grupo de matrimonios.
 
          —Me quedé sin trabajo.
 
          La noticia cayó como una bomba en el medio de aquel clima relajado y “chill-out”[iii]. La imagen se congeló como si no hubiera tiempo ni espacio. Ante las miradas inquisidoras, como si hiciera falta completar la frase, dando una excusa razonable (En el Barrio Privado de “Bajo Los Tilos” siempre se daban excusas razonables), Fausto aclaró:  —Reducción de Personal. Caída abrupta en las ventas, empezaron por achicar la nómina, empezando por los sueldos más altos, entre ellos, el mío.
 
          Lucho fue el primero en romper el silencio, como siempre.
 
         —Bueno, Faust, (siempre le decía “Faust”) vos seguro conseguís al toque, al toque-dijo haciendo una seña con la mano y recalcando el último “al toque”. —Sos un genio del Marketing.
 
          Matías Lefevre se acercó a la parrilla y haciendo como que no pasaba nada (a veces, en Bajo Los Tilos, había que hacer como que no pasaba nada, aunque pasara mucho) hincando el tenedor sobre la carne humeante, dijo:
 
          —Bueno, a ver… ¿quién quiere una entrañita[iv] a punto?
 
          Ese fue el último Viernes que se reunieron en casa de los Weber. Y como una especie de oráculo funesto, marcó el principio de la caída social de Fausto y los suyos. Con la aparición en el listado de morosos del country, también llegó el ostracismo social, el cual se empezó a notar en pequeñas cosas, pequeños detalles y pequeñas situaciones: los llamados, telefónicos, antes de hasta seis u ocho veces por día, empezaron a mermar; los chicos eran cada vez menos invitados a los cumpleaños infantiles; Débora había tenido que dejar las clases de Tenis y cada vez que pasaba por delante de las canchas, sus amigas la saludaban de lejos, como si fuera una leprosa, con una sonrisa cariñosa fingida que ocultaba un dejo de lástima y bastante de miedo, ya que Fausto y Débora representaban lo que todos los habitantes de Bajo Los Tilos temían, su miedo más caro, más profundo y más oscuro: la pérdida de estatus.
 
          Fausto, siempre previsor, se amparaba en qué todavía tenían ahorros suficientes como para un año, y en mucho menos de eso, estaba seguro que conseguiría trabajo. La planilla de Excel que rigurosamente analizaba y modificaba todas las noches se había convertido en su fiel compañera de noches de insomnio. Al mismo tiempo, emprendió con frenesí la búsqueda de trabajo pero angustiosamente se dio cuenta de que tanto estudio y tanta experiencia no le servían para mucho en la situación actual del país, en que los poderosos, los ricos y los famosos se hacían aún más poderosos, más ricos y más famosos y los pobres vivían de los planes sociales y asignaciones universales que les daba el gobierno, mientras la clase media profesional y los pequeños empresarios quedaban a la deriva, totalmente desprotegidos. Llegó un momento en que Fausto se hartó de mandar Cvs. Siempre resultaba “sobrecalificado” para los trabajos. Y si bien todavía era joven en términos cronológicos, el haber pasado los cuarenta, no hacía su búsqueda más fácil. Y mientras los números en la planilla de Excel disminuían, los precios de las cosas en el país aumentaban.
 
          Ante la falta de perspectiva laboral de Fausto, Débora, quien había abandonado las huestes laborales con el nacimiento de su segundo hijo, tuvo que volver a trabajar, con la suerte de que justo había habido una vacante como suplente en el Jardín de Infantes donde trabajaba antes como Maestra Jardinera bilingüe castellano-alemán. Habían hecho el trato de que Fausto se ocuparía de las cosas de la casa y de los niños, mientras ella traía el pan de cada día.
 
          La situación se puso cada vez peor, una caída similar a esos remolinos que se forman en el mar cuando se traga un barco que acaba de hundirse.
 
           Primero tuvieron que vender la casa del country, luego la camioneta y —ante la imperiosa necesidad que los acorralaba y asfixiaba—tuvieron que hipotecar el semipiso en Palermo. Los llamados de los bancos amenazándolos con juicios contraídos por las deudas de las tarjetas de crédito, se convirtieron en una cosa cotidiana, que al principio les causaba angustia y luego, resignación.
 
          Sin embargo, el peor y más temido llamado provino del colegio de los chicos, los cuales iban a una de las instituciones trilingües más caras de la zona y sus padres ya debían un año y algunos meses de cuota. Fausto iba a permitir cualquier cosa, menos comprometer la educación de sus hijos. Así que dejando el orgullo de lado, decidió recurrir a sus amigos.
 
          Le pidió dinero a Lucho Gamboa pero estaba demasiado ocupado tomado sol en Punta del Este[v]. Siempre que llamaba al celular de Christian Vilela, atendía el contestador con la música de Charlotte Church. Y cuando llamaba a Matías Lefrevre a su estudio de abogados, solo lograba hablar con su Secretaria. Siguió insistiendo hasta que finalmente logró comunicarse con Lucho quien lo atendió desde su Smartphone tirado plácidamente en una reposera de una playa exclusiva de Punta del Este. 
 
          —Por favor, necesito que me tires unos mangos[vi], es para pagar el colegio de los chicos.
 
          —Si, Faust, ni bien llego al depto te hago la transferencia. Mándame el número de cuenta— le respondió mientras jugaba al Candy Crush [vii] desde su teléfono inteligente.
 
          Fausto le mandó el número de cuenta bancaria vía mensaje de texto, pero Lucho y la China se fueron a una fiesta electrónica en la playa organizada por una compañía de telefonía celular, en donde les convidaron éxtasis y la transferencia nunca llegó. Lucho se olvidó (Lucho solía olvidar fácilmente las promesas hechas en la excitación del momento y además, claro, él nunca había sabido lo que era la urgencia) y Fausto tuvo que terminar finalmente sacando a los chicos del Colegio y pasarlos a uno del Estado.
 
          Fausto no podía creer lo que le estaba sucediendo, le parecía que no era real. La sensación que tenía era similar a la de estar cayendo pero nunca llegar a tocar el piso. Una caída constante, eso era lo que sentía. Y también sentía que había perdido su dignidad, que no era un padre ni un esposo digno, pese a que Débora siempre estaba a su lado para apoyarlo. Pero lo peor de todo era haber visto la reacción de sus amigos, para los que siempre él había estado ahí.
 
          —Jamás pensé que me sentiría como un paria-le confesaría meses más tarde a Guillermo en una de las sesiones.
 
          Y así fue como un día que estaba solo en su casa, rumiando sus pensamientos, sintiéndose una poca cosa, un ser humano de segunda clase (él, que siempre se había destacado por su seguridad y asertividad) subió a la terraza del edificio (un piso 21) y se paró en la cornisa, observando toda la puta ciudad. Cerró los ojos, sintiendo como el viento le pegaba en la cara y se acercó aún más al vacío, coqueteando con la fantasía de tirarse y ponerle fin a todo. Ya no tenía nada que perder, no le quedaba más agua en el vaso[viii] y además, le haría un favor a Débora: después de todo, nadie dejaría desprotegida a una viuda joven y con tres niños. De repente, su teléfono celular—el cual ahora lo tenía con tarjeta prepaga—comenzó a sonar. Fausto se lo sacó del bolsillo y miró el visor. Era Lucho Gamboa. Dejó que atendiera el contestador y luego escuchó el mensaje: —Che, Faust, acabamos de llegar de Punta. No sabes que bueno que estuvo, lástima que no pudieron venir con nosotros. Te quería consultar algo, ¿vos tendrás algún contacto en la Embajada Alemana? Estamos por cerrar un negocio súper importante con una empresa de allá y nos vendrían bien unas referencias. Se me ocurrió que vos seguro tendrías algún conocido…
 
          Fausto no daba crédito a lo que estaba escuchando. El muy descarado lo llamaba como si no hubiera pasado nada y encima para pedirle un favor. Así que se volvió a la cornisa, agarró firmemente su Blackberry—el único bastión que le quedaba de su cara y exitosa vida anterior—y con toda la fuerza que tenía, lo arrojó por el aire, gritando:  —Mit Carajo um die Ecke fahren![ix]
 
         “Soy un sacacorchos, sirvo para destapar las botellas, sobre todo las de vino, buenos vinos, un Malbec o un Syrah. Traigo alegría a la gente porque siempre que estoy yo se reúnen amigos y pasan un buen momento. Un asado, una fiesta, un evento corporativo…
 
          Guillermo observó detenidamente a Fausto mientras se presentaba y recordó lo que le había dicho en la entrevista de admisión. Pese a que todo en él denotaba seguridad, el terapeuta logró entrever un cierto dejo de vulnerabilidad que se filtraba por algún lado, aunque Fausto se esforzara en hacer que estaba “todo bien” y destilar seguridad. Evidentemente, el hombre había destilado seguridad en algún momento de su vida, pero ahora parecía fingida, hasta actuada. Habría que trabajar en eso pensó, mientras anotaba la palabra “vulnerabilidad” al lado del nombre Fausto. No sabía por qué pero tenía la impresión que mientras Fausto se empeñaba por mostrar su perfección, en algún otro lugar había un retrato de él ajándose y envejeciendo al mejor estilo Dorian Gray.
 
Continuará…




[i] Actos de Fin de Año en los Colegios Ingleses


[ii] De Mendoza, provincia del Oeste de la Argentina, famosa por sus buenos vinos.


[iii] “Chill-Out”: del término informal del inglés que significa relajarse; es un género musical contemporáneo que engloba a gran cantidad de vertientes dispares de géneros musicales con un rasgo en común: su composición armoniosa y relajada.


[iv] Entraña: Corte de carne argentino famoso por ser muy tierno y delicioso.


[v] Balneario Exclusivo de Uruguay donde suele veranear la clase media alta argentina.


[vi] Arg: dinero.


[vii] Juego Virtual de Moda en Internet.


[viii] “No Hay Nada Que Perder/Cuando Ya Nada Queda En El Vaso”: verso de la canción “Eterna Soledad” del grupo argentino Los Enanitos Verdes.


[ix] Frase en Alemán que se usa para decir que alguien se apure, pero que en este contexto Fausto usa como “Andate A La Mierda”.

7 comentarios:

  1. Un relato que sigo desde su inicio, prácticamente, es una novela donde surge una gama de sentimentos variados y en muchos casos, conflictivos, gracias por compartir, felicitaciones.

    TRINA

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  2. Pues Gonzalo, el pobre Fausto he visto que lo ha alcanzado la crisis, como a todos. Agradezco la no sobrecalificación que tengo así como mi área de experiencia, pero siempre es duro ver la situación reflejada en muchos. Porque los amigos están para los tiempos buenos, y no para cuando uno realmente los ocupa. Felicidades, y que siga la terapia de machos.

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  3. Una situación actual y real que marca muchos destinos. Cada uno tendrá su propio puente y su particular grupo de ex amigos. Es la selva que nos engulle.

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  4. Hasta qué punto puede afectarnos la opinión ajena y más la que se tiene sobre nosotros mismos... Hasta el punto de ser sombras de lo que solíamos y necesitar reconstruir nuestras vidas desde cero, poniendo en duda nuestros principios y nuestra seguridad, tan importante para triunfar y tener éxito.

    Qué grande esto que acabo de leer, lo mejor que he leído en mucho tiempo, amigo Gonzalo. Los personajes muy bien caracterizados, y un texto muy detallado, que ha sido exquisito de leer. Te felicito,

    María José Cabuchola Macario

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  5. Gracias a todos por vuestros comentarios. Vamos por partes:
    TRINA: Gracias por seguirme desde el principio. Y si, los personajes de TERAPIA DE MACHOS tienen MUCHOS sentimientos conflictivos...por eso van a terapia :)

    CLAUDIA: Gracias por tu "Excelente".

    CARLOS: Y si, la crisis tarde o temprano nos alcanza a todos. Aqui en Argentina esta ultima crisis se la agarró con la Clase Media Profesional y Emprendedores, pareciera que el fin ultimo es eliminar la clase media.

    FAUSTINO: ASi es, la selva siempre termina por engullirnos.

    MARIA JOSE: Gracias por tus lindas palabras. Lo bueno de TERAPIA DE MACHOS -por lo que me dice la gente-es que los conflictos de los personajes son tan variados, que muchos (y muchas) logran identificarse con alguno de ellos, ya que han pasado alguna vez por una de esas historias.

    Slds

    Gontxu

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  6. Ciertamente en este capitulo se nota la crisis de ciertos sectores, algo que es muy común en México el llegar a cierta edad y ya es difícil encontrar trabajo; y en este mundo caótico de economías mundial afectadas y grades fortunas perdidas.

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