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martes, 21 de enero de 2014

La Familia Helviana: El Sacrificio

Los diferentes eventos que ocurrieron durante los últimos meses sacudieron a la ciudad de Xillander’kull como no lo había hecho nada en muchos años. Una alianza de familias había acabado con un templo impío y hereje en el interior de la ciudad varios meses atrás. Luego la destrucción de la rama armada de la familia Barrizynge’del’Armgo por parte de las religiosas de la Reina de las Arañas y la captura de un enorme botín en prisioneros culminó con éxito uno de los grandes logros civiles al interior de la ciudad. La resistencia fiera de los miembros de armas de esta casa sin embargo merecía que el castigo para los prisioneros fuese más que ejemplar. En una nueva jornada de celebración sin par en la historia de la ciudad, muchos fueron sacrificados en honor a la corrupta diosa o fueron obligados a pelear por su vida contra bestias salvajes y gladiadores. Durante cinco días corrieron ríos de sangre se derramaron en la arena y en el templo, donde la locura y el salvajismo dieron rienda suelta al imaginario popular.

Al final del quinto día se llevó a cabo la ceremonia especial de cierre. En el templo principal de la ciudad se llevaría a cabo una extraordinaria jornada de sacrificios, a la cual se invitaron a todas las principales figuras de la ciudad. Todas las mujeres que eran alguien en cada casa se reunieron con sus mejores galas, las matronas de cada casa se hicieron presentes acompañadas de sus nobles hijas, su familia extendida y las que entre sus filas eran sacerdotizas. El área del templo, una cueva oscura y vacía pronto quedó abarrotada. Desde el altar Jhaelxena Elisana dejó que la invadiera un enorme orgullo, mientras observaba la magnitud del aquelarre reunido bajo su comando; lo que le trajo recuerdos de los tiempos en que se había presentado tanta audiencia a una ceremonia semejante. Los tiempos de la Gran Sacrificadora.

Mientras admiraba a la congregación un mensaje entró en su cabeza. No quedaban más invitados rezagados, todas estaban adentro. Jhaelxena le ordenó que cerraran las puertas del templo. Ella sabía que tras los muros no se escucharía el susurrar de los asesinos conforme despachaban a los sirvientes de las casas; y la protección contra magia de los corredores impedirían el uso completo de las habilidades de los guardaespaldas que debían proteger a sus invitadas. Si todo salía como debía, cuando la ceremonia finalizase comenzaría la masacre de las presentes. Quien sobreviviera estaría completamente a su merced. Quien no quisiera someterse a sus designios padecería una muerte rápida en batalla o un final de horrores en la mesa de sacrificio.

Ella se volteó hacia el enorme altar con la figura de la Reina de las Arañas, se arrodillo y rezó. Gran Dama, Madre de la Lujuria. Te ofrezco este momento, fruto de mi esfuerzo y de triunfo en este día, para que disfrutes de ellos.

Luego se levantó y recitó en voz alta los actos principales de la ceremonia, mientras lanzaba puñados de incienso y polvos alucinógenos a la llama principal del altar. Gracias a sus oraciones el fuego normal se tornó azul, lo que indicaba que la sagrada diosa de los elfos oscuros esperaba atenta el desarrollo de la ceremonia. Cuando los preparativos estaban listos, tres sacerdotisas ingresaron al área de sacrificios, que acarreaban tres losas de piedra voluminosas que flotaban en el aire. La congregación comenzó a comentar en voz baja sobre las víctimas que yacían sobre ellas dispuestas para el sacrificio. Eorel, Berlashalee y Yasfryn aparecieron en este orden, amarrados con grilletes y cadenas a las pesadas losas de piedra, apenas vestidos con andrajos con las que habían sido hechos prisioneros. De última, una cuarta sacerdotisa cargaba un canasto con un gesto de repugnancia.

Eorel levantó la cabeza y notó que quien lo arrastraba hacia su sacrificio era la amiga de Zeknarle, la que le había presentado. Con una gesto irónico, él comentó en voz alta.

—Sabes, Zeknarle es un idiota. Nunca debió haber dejado a Berlashalee para estar contigo. Vas a terminar comiéndotelo.

—Cállate— exclamó la religiosa con una bofetada.

—Entonces te ha llamado Berlashalee en sueños.

—¡Qué te calles!

Las burlas del elfo tenían razón de ser. Irritada ella hizo salir una daga de una de las muñequeras, que escondía debajo de su túnica. Con ella hirió al joven en el vientre y giró la mano hasta que gritó de dolor.


—Hermana Zilvryne. El sacrificio debe estar vivo para que pueda ser efectivo.

La muchacha contuvo su ira y guardo la daga en el interior de su muñequera. Luego esperó a que Berlashalee fuese colocada sobre el primer altar, para acomodar su carga sobre el segundo. Después ambas ayudaron a la tercera religiosa a levantar a Yasfryn, que fue colocada de pie para que pudiera observar las mesas de sacrificio. Sería la última en morir.

Todas las sacerdotisas se reunieron en el centro alrededor del fuego. Luego de una breve conversación se decidió el orden en que se llevarían a cabo los sacrificios. La pareja de Zeknarle sonrió al saber que sería la que arrancaría la ceremonia. Sin escuchar las presentaciones de la madre superiora, que por medio de sus oraciones profanas preparaba a la congregación, ella extrajo la daga con la que había herido a Eorel. Su sangre todavía goteaba de su hoja. Pero ignoró al elfo claro y se aproximó a Berlashalee, que no pudo contener su temor.

Un silbido atrajo la atención de la bailarina. Ella se volteó y observó que Eorel la animaba. A pesar estar herido hizo todo lo posible para sonreírle. Al contemplar de nuevo el gesto de odio de su agresora, ella exclamó en tono desafiante —¿Voy a ser la primera, entonces?

—No querida. No es tu hora de morir, todavía. ¡Pero lo es para el fruto de tu vientre!

El movimiento de la hoja fue rápido. Berlashalee emitió un horroroso grito al sentir el frío del puñal conforme era aserrada a la altura de su vientre. Un tirón le produjo un agonizante dolor que manifestó en su último grito. Su cabeza cayó lívida, sus ojos quedaron abiertos y su expresión perdida. Ella sangraba por la herida en su vientre, sus restos comenzaron a regarse sobre la piedra. Eorel abrió los ojos impotente cuando la sacerdotisa extrajo el contenido de la matriz y lo mostró con orgullo frente al público presente.

La audiencia rugió al observar como la sangre y los restos de la muchacha bañaban la fría piedra. Zylvrine pasó la criatura no nata a Jhaelexena, que levantó el cuerpo frente a la audiencia y repuso con orgullo—: Gran Dama, Reina de las Arañas… Acepta la carne de este no nacido como alimento, como símbolo de nuestro pacto eterno. Con esta muestra fortalece nuestra fe en tus enseñanzas, que sirva como testimonio de nuestros logros, de nuestra fidelidad.

Ella tomó la criatura de la cabeza y la lanzó al fuego sagrado. Las llamas azules se elevaron como símbolo de aceptación. Luego se volteó hacia Yasfryn, el gesto de sufrimiento y las lágrimas de su antigua maestra la llenaron de orgullo. Había superado a su antigua maestra en todos los aspectos, ahora lo que quedaba era provocarle todo el dolor que pudiera antes de ofrecer su corazón a la Reina de las Arañas. Luego de que el fuego amainó, ella prosiguió la ceremonia.

Con un gesto señaló a la religiosa que portaba la cesta. Ella la colocó en el suelo y sacó a la recién nacida de su interior como si fuera un trapo y la lanzó de forma descuidada a Jhaelexena, que exclamó mientras la observaba con un gesto de repugnancia—: Gran Dama, Reina de las Arañas, Gran Tejedora de Tramas… Acepta la carne de esta bastarda, de esta malnacida, de esta profanación a tu pacto con nuestra raza. Acepta su carne como tu alimento, como símbolo de nuestro pacto eterno, como símbolo de nuestra fidelidad.

Ella mostró a la niña ante la congregación sin ocultar su repugnancia. Esta rugió entusiasmada por el espectáculo que se les ofrecía. Pero el cuerpo de la bebé convulsionó. Su cuerpo al igual que las marcas mágicas en su cuerpo adquirieron una vida propia, todo en la niña se estremecía. Parecía como si estuviese consciente de lo que iba a suceder y procuraba evitarlo a toda costa. Pero no podía hacerlo, era demasiado pequeña para defenderse. Luego de presentarla, ella la bajó al nivel de su pecho e iba a lanzarla al fuego de sacrificio cuando escuchó una voz que gritó muy alto

—Jhaelxena. ¡NO SACRIFIQUES A LA NIÑA!

Ella se volteó, observó que su antigua maestra y próximo sacrificio mostraba resistencia. Ella trataba de librarse de sus ataduras, se movía con desesperación, su gesto de angustia y de terror nunca se los había visto en su vida mientras gritaba fuera de sí.

—Jhaelxena. No te atrevas a sacrificar a la niña. ¡Ella esta…

¡Qué débil!

—…BENDITA!

Ella lanzó a la niña al holocausto sin poner atención a la última palabra de su maestra. Pero en cuanto cayó en su interior la pira se extinguió por completo. Las cinco mujeres encargadas de la ceremonia observaron el signo de su diosa, Jhaelexena volvió su cabeza de nuevo hacia su antigua maestra, estupefacta. Pero Yasfryn bajó la cabeza y relajó el cuerpo, había aceptado lo que iba a suceder. Conforme sus ojos se inundaron de lágrimas, su maestra exclamó en silencio.

—¡Nos has condenado a todas!



Un destello a su espalda confirmó las palabras de su maestra. Tuvo tiempo de voltearse para observar a la niña brillar y arder en un fuego azul, similar al del holocausto. La bebe comenzó a flotar en el aire, enormes lenguas de su fuego estallaron alrededor de su cuerpo. El crepitante fuego azul envolvió a las responsables de la ceremonia y consumió sus cuerpos entre sus agónicos gritos de terror y miedo, entre sus insultos o peticiones piadosas. Ninguna de sus plegarias o maldiciones fueron escuchadas, porque fueron consumidas hasta que no quedó nada.


Todo el aquelarre presente en la ceremonia se horrorizó ante el gesto de furia de su diosa, todas trataron de inmediato de levantarse o huir del templo a cualquier precio. Pero descubrieron que estaban atadas a sus asientos por el mismo poder de la Reina de las Arañas. La pequeña criatura, envuelta en las llamas levitó frente a las presentes, la marca de la Reina de las Arañas en la frente de la niña creció hasta ocupar por completo el tamaño y la forma de la figura encima del altar, la sagrada imagen de su diosa impía, a la cual envolvió en fuego azul. Cuando el fuego alcanzó el tamaño completo del domo, la imagen de la diosa estalló en un impresionante resplandor azul, se desintegró en el aire para extinguir el fuego por completo y regresó la habitación una tenebrosa oscuridad.

Carlos "Somet" Molina

12 comentarios:

  1. Bueno Carlos, grandiosa epopeya como siempre. Es impresionante la sucesión de hechos que ocurren y la rotundidad del desarrollo que nos muestras. Muy bueno.

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    1. Bueno don Faustino. Reconozco que use un deux ex machina literario para este episodio, pero se justifica. Jaja! Gracias por las palabras, estamos en contacto.

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  2. Buen bueno, como siempre dejando con ansias de seguir leyendo, Saludos!

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    1. Sinceramente, esta parte del relato es muy oscura. La historia se acerca a su desenlace, así que gracias por el interés. Estamos en contacto.

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  3. Aunque reconozco que no es de mis géneros preferidos, me encanta como escribes y trasmites. Enhorabuena amigo. Un abrazo

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    1. Gracias, Jose. Muy amable. Aquí estamos al pie del cañón. Estamos en contacto.

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    1. Debo ser sincero. Esta es la parte más oscura y cruda de toda la historia. Pero, es un reflejo de una sociedad de ficción sobre la que se han escrito varios best-sellers. Me disculpo si ofendí, y aprecio su comentario Antonio. Gracias.

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  5. Como siempre, me encanta tu fantasía. Aquí seguiré el tiempo que haga falta para leerte, amigo. Un abrazo.

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    1. Gracias Juan, perdona por contestar hasta ahora. La verdad a esta etapa le quedan al menos media docena de capítulos. Tengo que ponerme de acuerdo con Eva, pero aquí vamos sacándolo. Gracias por el comentario.

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  6. Espléndida narración obscura y misteriosa donde los hechos nos presenta un panorama gotico girando en torno a los sacrificios y sus consecuencias.

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  7. Gracias Efrain. La sociedad sobre la que escribo es muy oscura, pero muchas veces se cometen descuidos en base al orgullo. En este caso, nuestros antepasados sacrificaban para complacer, y eso siempre trae consecuencias. Gracias por tus palabras.

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