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sábado, 21 de septiembre de 2013

La Familia Helviana. La Tortura


—Sujétenlo. ¡Háganlo bien! Que si logra moverse aunque sea un poco, seré yo quien los despelleje a ustedes.

Los monstruosos de piel naranja de Jhaelxena no tuvieron reparos en ingresar a la celda de la familia Helviana. Estos arrastraban un torso de los brazos, tan blanco como la cal. Otras dos criaturas ingresaron; entre los cuatro colocaron los grilletes y jalaron las cadenas. Al terminar, estos quitaron los soportes lo que mantenían sujeto, cayó hacia adelante y obligó al prisionero a soportar con sus brazos el peso, mostrando toda su musculatura.
Tanto madre como hija se asombraron cuando vieron al cautivo. Era un joven alto elfo, desnudo de la cintura para arriba. Su rostro había sido golpeado repetidas veces. Entre las marcas de mordiscos y los golpes en su pecho mostraba numerosas marcas y tatuajes, con runas en el idioma del Inframundo. Pero lo que les llamó más la atención era el estado de su brazo derecho. Su mano y su brazo se encontraban quemados e informes, la masa de carne apenas cubría los huesos que se veían en algunas partes. Berlashalee apartó la mirada, mientras Yasfryn quiso levantarse para ayudarlo. Pero tuvo que contenerse, porque en cuanto salieron las monstruosidades, su sobrina entró acompañada por lo que parecía ser su hija.
Jhaelexena se acercó confiada y orgullosa, sonriendo como una cazadora que tiene a su presa. Un enorme látigo, una vara con dos segmentos y un enorme anillo en el centro, establecían su superioridad ante todos en la habitación. Su sonrisa se torció hasta alcanzar la sádica realización, mientras contemplaba en el cautivo la cumbre de su éxito.
—Es impresionante. Desde hace cuantos tiempo una basura como tú ha sido Maestro de Armas de una de las casas de la ciudad de Xillander’kull.
—El mismo tiempo que le tomó a usted decidir a cuál de sus hijas debía matar para conservar su poder.
La respuesta sarcástica le mereció un golpe con la vara del látigo y un grito furioso.
—Dime, ¿desde hace cuánto la casa Barrizynge’del’Armgo ha traicionado el voto sagrado de odio y destrucción hacia los traidores de la superficie?
—Ya contesté, maldita.
Otro golpe de la vara fue el premio a su respuesta. Molesta, la mujer quiso extender el látigo cuando su hija intervino con un tono leve, salpicado de temor.
—Mi señora. Madre. Lo que dice el elfo claro tiene razón. Recuerde… sacrificó a una común adoptada en la casa hace para crear una Zin’karla para matar a mi padre. ¿Tienes tres años de ser Maestro de Armas, no es así?
—Si.
—¿Cuál es tu verdadero nombre?
—Mi nombre es Adalirus Eorel Smayern, Ardulintra.
La joven no pudo evitar que los colores se le subieran al rostro. Él la había reconocido, la había llamado por su nombre. Por eso avanzó hacia el frente y se dio la vuelta para que nadie viera su debilidad.
—¿Cuántos años tienes, Eorel?
—Tengo… Ciento tres años.
Un suspiro escapó de las gargantas de todas las presentes. Ninguna podía dar crédito a lo que habían escuchado. Si lo que decía el muchacho era la cierto, las jóvenes (Ardulintra y Berlashalee) lo superarían en edad por veinte años; las mayores le llevaban siglos de ventaja. Ninguna pudo reaccionar, mientras trataban de digerir la noticia de que uno de los más respetados guerreros de la ciudad era un chiquillo.
—Ella dice que en cuanto me logre liberar las matará a todas ustedes. ¡A todas!
Eorel comenzó a reír de manera macabra. Al sentir que perdía el control de la situación, Jhaelexena levantó el rostro del muchacho con la vara de su látigo, mostró los dientes y siseo con elegancia.
—¿Cómo vas a hacerlo estúpido? Estás atado a nuestra merced. Es obvio que es una mentira. ¡Mientes! Nadie puede conseguir el puesto de maestro de armas de ninguna casa a tan corta edad. Ningún guerrero es tan bueno.
—Eso demuestra quien es quien en esta ciudad, señora.

La respuesta le mereció una brutal golpiza. El borde de la pesada vara se estrelló contra su cuerpo incontables veces. Jhaelexena expulsó toda su ira hasta que cansada y adolorida, bajó el brazo. Le tomó un rato recuperar el aliento. Con un gesto a una de sus monstruosidades esta trajo algo entre sus manos. Ella levantó la cabeza del joven elfo para que lo observara; un trozo de cristal de ámbar, que cabía en uno de los brazos de la criatura.
Eorel abrió sus ojos, con una mezcla de sorpresa y temor. Después tragó grueso cuando la criatura le entregó el cristal a Adrulintra para que lo cargara.
—Bien, niño alto elfo… responde como deseo, y tal vez muestre indulgencia en tu caso, quizá te de una muerte rápida. Esto se encontraba escondido en tus aposentos. ¿Qué es?
—Un trozo de ámbar muy grande.

La respuesta sacó de quicio a su interrogadora. Ella retrocedió, extendió el látigo y con maestría le asestó un golpe que estrelló las dos piezas de cuero y el anillo en contra de su cuerpo. La golpiza fue salvaje, con cinco golpes ya había desprendido pedazos de su piel y había dejado las cinco marcas del anillo en su pecho y espalda. Pero el joven apretó los dientes y no profirió ni un solo gemido. No iba a darle la satisfacción a su torturadora de disfrutar con su sufrimiento.
Cuando completó la docena la religiosa se detuvo. Furiosa al no poder quebrar al muchacho, visiblemente agitada por el esfuerzo en usar el látigo, ella gritó con todas sus fuerzas
—¿Dime, qué demonios es ese pedazo de ámbar? ¡Habla maldito!
La única respuesta del prisionero fue levantar su rostro y sonreír. El gesto irritó a la mujer, que extendió de nuevo el látigo. Pero cuando iba a golpearlo, un grito y una voz reclamaron.
—Lo que te dice el muchacho es verdad, Jhaelxena. Es un pedazo de ámbar. Pero te hace falta capacidad para ver que hay una criatura en su interior. Parece ser un bebe en estado suspensión.
La torturadora se volteó hacia donde provenía la voz. Yasfryn observaba con pena y dolor al muchacho. Ella sostenía el rostro de su hija, que lloraba con grandes gritos y evitaba ver el espectáculo frente a ella. No podía soportar más la tortura a la que era sometido su compañero de cuarto. Por primera desde que la conocía ella pudo encontrar en el rostro de su antigua maestra que no le escondía nada, era como el agua.

—Una criatura ¿Qué clase de criatura?
—Lo desconozco. Parece ser un bebe de nuestra raza, dado su tamaño y el reflejo del cristal. El uso de ámbar significa que los batracios fueron quienes encerraron a la criatura. No puedo decirte nada más. Pero debe existir una razón poderosa para que la hayan sellado. Una herética e impía.
—Interesante.
Jhaelexena conservó esto en mente mientras con un gesto le ordenó a su hija salir de la habitación. La joven sujetó la piedra y salió de la habitación en silencio. Cuando se dispuso a salir de la celda, unas leves carcajadas provenientes del muchacho la obligaron a regresar sobre sus pasos. Ella sujetó al prisionero del cuello, le mostró los dientes y siseo lo que pensaba
—¿Qué te resulta tan gracioso para que te rías de esta forma? ¿Acaso perdiste la cordura?
—No. Sólo debo advertirle que la criatura en el sarcófago de ámbar será su perdición, bruja. No se atreva a abrirlo, a menos que quiera enfrentar las consecuencias.
—Eso lo veremos.
Con un último golpe y su respuesta, la torturadora se retiró, las rejas se cerraron y los prisioneros quedaron a solas. No habían terminado de trabar los cerrojos cuando Berlashalee dejó su sitio en la cama y tomó la jofaina de agua que había en el piso para su uso personal, rasgó un pedazo de su vestido y lo empapó en el agua, para limpiar la sangre del cuerpo y la cara del joven.
Él la observó atentamente. A pesar de todo lo que le había pasado, suavizó su expresión y esbozó una sonrisa.
—Me alegra ver una cara conocida. Belashalee. Pensé que habías desaparecido. Parece que el destino te alcanzó… tal como a mí.
—Perdóname, Eorel. Es mi culpa que estés aquí.
—¡No! Tarde o temprano se iba a saber mi secreto. He vivido una mentira todos estos años. Era evidente que algún día se descubriría. Se lo que me espera. Si eso es lo que ha de pasar, que suceda. Es mejor que vivir con temor todos los días de mi vida. Es mejor que vivir con la maldición que me rodea desde que ingresé a estas cavernas.
Sus palabras devolvieron la serenidad a la muchacha, que se relajo y continuó su trabajo. Pero al voltear su vista, él se sorprendió al encontrar a la herrera de la ciudad encerrada en esa mazmorra. La curiosidad lo movía a preguntar, estuvo a punto de abrir la boca cuando la mujer se levantó de su asiento e hizo por su cuenta la pregunta incomoda.
—Muchacho. Sé que no es de mi incumbencia. ¿Pero qué contiene el sarcófago de ámbar que estaba en tu posesión?
—Contiene algo que no puede ser… algo que no debe existir. Contiene un símbolo del pecado, una muestra de lo que la lujuria y el descuido puede invocar. Una criatura que no puede ser, bajo ninguna circunstancia.
—Entonces es cierto. Los rumores son ciertos. Tú eres el Guerrero Maldito, el sarcófago contiene a tu hija. Un engendro, con la sangre de una elfa oscuro y de un elfo claro.
—¿Qué quieres decir con eso, mamá?
Yasfyn suspiró antes de iniciar su relato. Aunque recibió las correcciones necesarias del autor del hecho, ella explicó de la mejor forma que pudo a su hija la base de uno de los pecados más grandes jamás que se puede cometer en la infraoscuridad. La unión entre un elfo claro y una elfa oscura está terminantemente prohibida, era un taboo en ambas sociedad. Cualquier producto de esta unión provocaría una terrible maldición sobre sus padres; así como un destino incierto para las criaturas producto de esta gestación.
Carlos "Somet" Molina

7 comentarios:

  1. La acción y la tensión no dan tregua. Buen trabajo, compañero.

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    1. Muchas gracias Juan. Ya creo que falta poco, por lo menos para terminar este ciclo. Espero completarlo sin que nadie me quiera matar. Gracias de nuevo.

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  2. Cada vez que leo La Familia Helviana se me representa una película. Bravo, Colega!

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    1. Muchas gracias Gontxu. En este momento estoy en una transición hacia un estilo más literario (no tan descriptivo) pero me alegra que te guste. Estamos en contacto.

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  3. Manteniendo la tensión, muy buen relato dejando misterios para ser develados. Excelente! Saludos!

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    1. Muchas gracias, Juan. Por algunos cambios de planes, el próximo capítulo se develarán algunos misterios antes del climax. Nos estamos escribiendo.

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  4. ¡Buen trabajo Carlos! Enhorabuena compañero. Un abrazo

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